Menu
Maternidad

Los 8 de Max. Cuando nuestros bebés crecen.

Mi Max ha alcanzado los anhelados y torrenciales ocho años de edad, y ambos lo esperábamos con gran dicha. En estos ocho años, hemos crecido y aprendido un chorro.

Al mirar hacia atrás, no puedo dejar de asombrarme de cómo la maternidad me ha cambiado la vida y la personalidad, se nota especialmente en mi forma de percibir el mundo

Soy más paciente, me conmuevo fácilmente, me asombro de pequeñas cosas, también veo peligros donde antes pasaban desapercibidos para mí y ya no me importa mucho cómo luzco o si me combina la ropa. La ley de la naturaleza es que la maternidad te haga trisas en pro de que la especie sobreviva.

Una de las partes más complicadas que me ha dado trabajo hasta ahora es aprender a ver sin mis ojos de madre, y así poder descubrir lo ágil que evoluciona esa pequeña mente de Maximiliano.

Esto es fundamental para conectarnos con nuestros hijos, ver su inteligencia y madurez, entender cómo razonan y cómo nos ven a nosotros y al resto de su mundo, sin el sesgo de mamá porrista y protectora.

Como adultos, pensamos que 8 años son pocos, y es cierto que son inocentes y tienen una emocionalidad inmadura, pero recuerdo que cuando yo tenía 8 años, sabía muchas cosas que mis padres ignoraban y que yo entendía.

Me daba cuenta y podía leer ciertas situaciones sutiles que ocurrían en nuestra casa, y aunque a las madres no nos guste escuchar esto, no éramos del todo inocentes; teníamos nuestros secretos y éramos capaces de hacer y entender muchas cosas que los adultos no se imaginan.  

Hace pocos días vi a mi hijo pensativo, recostado en el sofá de la sala, y le pregunté: “¿En qué estás pensando, papi?” (Papi es un apodo cariñoso). Volteó su cabeza hacia mí, me miró por unos segundos y respondió: “Mamá, no tienes que saber todo lo que pienso, y tampoco quiero contártelo”.

Fue como una bofetada inesperada; quedé afligida. Suena dramático, pero así me sentí. Solo pude responderle: “Tienes razón, los pensamientos son privados”.

Entonces, es cuando pienso en cuándo tendré la certeza de que ya no necesitará de mis alas protectoras, de mi guía constante, de mis cuidados permanentes, de ese monitoreo donde sé todo sobre él. ¿Cómo sabré ver oportunamente las señales que él me está enviando sobre su despegue? ¿Estoy permitiendo que vea el mundo desde su propia perspectiva, o le estoy forzando la mía?

Nos cuesta mucho aceptar que los hijos aprendan por sí solos las lecciones; queremos estar ahí en todo momento para advertirles y evitar cualquier tipo de mal. Pero la verdad es que todos necesitamos aprender equivocándonos y dándonos “golpes”, y nosotras, las madres, tenemos que aceptarlo y dejar que suceda.

Por eso trato, y créanme que me esfuerzo bastante, de ver a mi Max de 8 años no solo con el corazón sino también con la cabeza y la razón, teniendo la certeza de que PapaDios lo ha dotado de la inteligencia y la sabiduría necesarias para vivir su vida en este planeta.

Los 8 años de Max son un desafío enorme para mi rol de madre, porque si no logro percatarme de su inteligencia exponencial, perderé esa conexión con él, y eso me aterra profundamente.

Creo que la mejor forma de criar es a través de una conexión emocional e intelectual fuerte. Nunca tuve ni tengo una conexión fuerte con mis padres, los amo, los llamo, disfruto estar con ellos ahora que soy una adulta, pero realmente no hay una confianza de ninguno de los lados para contarnos pensamientos íntimos o tener conversaciones profundas y reales.

Eso es algo que definitivamente he tomado en cuenta para criar a Max. Por supuesto que no soy su amiga ni pretendo serlo; soy la autoridad en nuestra pequeña familia, pero le dejo la puerta abierta a la comunicación desde el respeto, para hablar de absolutamente todo y con significado.

Cuando ellos empiezan a sentir que no los entendemos, que no estamos en sintonía con ellos y que sienten que es una pérdida de tiempo explicarnos sus intereses, el vínculo y la comunicación se pierden; es el mejor de los casos solo por unos años, si no es que es para toda la vida.

Hay cientos de teorías y fundamentos sobre crianza cada vez más humanizados; aplaudo a algunas y otras no tanto, pero la verdad es que ninguna encaja perfectamente en nuestras relaciones madre-hijo porque cada individuo es diferente, con relaciones únicas y en circunstancias sociales, económicas, culturales, religiosas y geográficas distintas. 

Abogo por la autoobservación, por la contemplación y por buscar incansablemente la bendición de la paciencia y el anhelado fruto de la sabiduría, algo que pierdo a menudo con los estallidos de desafíos a los que mi hijo me enfrenta día a día. Pero siempre estoy ahí, repensando cómo puedo ser una mejor madre para él y para el hombre en que se convertirá.