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Estaba paradito en la acera del frente de la casa, y mirando hacia la puerta principal, como tratando de decir con sus dos ojitos amarillos la mucha hambre que tenía y el mucho frio que sentía al señor que estaba parado en el portal.

Con su hermoso pelaje gris oscuro y sus patitas blancas como la nieve, empezó a caminar a un costado de la verja con la característica elegancia de los gatos, y como quien no quería, pero al mismo tiempo se moría por entrar, pues empezó a caminar hacia el jardín despacito, tan despacito que se podía contar cada pequeño pasito de sus patas.

El señor, vamos a llamarlo así en esta historia, es un hombre trigueño, alto, bien parecido, con una sonrisa amplia y hermosa, cabellos desordenados, de mirada afable pero penetrante detrás de unos lentes negros, y el habitante solitario de aquella casa. Empezó a llamarle para que entrara a la casa ofreciéndole comida, porque él sabía que en la noche el frio descendería aún más y seria inhumano pasarlo afuera.

El gatito cedió, y entro a la casa, pero con cautela y mucha atención. Comió, tomo agua y se acostó en la alfombra de la entrada de la puerta, a la mañana siguiente se despertó y pidió que le abrieran la puerta para seguir con su vida libre y callejera de siempre.

Para sorpresa de ambos, la siguiente noche se volvieron a encontrar. Sorpresa para el minino por encontrarse con frio y tomar la decisión de volver, y sorpresa para el señor por volverlo a ver frente a su casa con más disposición y confianza.

El amor entre los humanos y los animales es uno de los mas hermosos, sin duda alguna.

mari garcia

Así pasaron los días siguientes del invierno, todas las noches se volvían a reunir pasando de dormir en la alfombra de la puerta de la entrada, a la alfombra de la sala, y de la alfombra de la sala a una esquina del sofá, hasta llegar a la alfombra de la recamara del señor donde era el lugar mas caliente de la casa.

Eran dos almas solitarias que se habían encontrado por casualidad, he hicieron una conexión fuerte y única a pesar de la diferencia de especies en el transcurrir de los meses.

Al principio el señor quería acariciarle, pero el felino era muy salvaje para entender ese tipo de cariño humano, así que terminaba arañándolo y mostrándole sus afilados dientitos cada vez que a este se le ocurría posar la mano sobre él. Pero el señor era persistente, estaba seguro que era mas que nunca su deber de quererlo y cuidarlo porque así lo dictaba su corazón.

Después de varios meses de mordidas y arañazos, dormir juntos, y darse compañía el uno al otro, el salvaje gatito termino aceptando y entendiendo que era amor y nada más, que ahora eran familia y que las conexiones sin lenguaje hablado son las mas fuertes. El gato con el señor ahora era manso, se dejaba cargar y acariciar.

Llego el verano y con ello las lluvias torrenciales. De vez en cuando el pequeño felino volvía todo empapado con maullidos de quebranto, otros días iba y venia hasta cuatro veces en el día, otros pasaban un par de noches sin volver y es cuando el señor no dejaba de mirar la ventana o de gritar por la puerta “Yiyo, Yiyo, Yiyo donde estas gatiti”.

Porque el amor se basa en regocijarse con la felicidad del otro, y la felicidad del gato era ser libre de ir y venir a su antojo.

mari garcia

Yiyo fue bautizado, y de cariño pues se le llama Yiyi. Ya esa era su casa, con tacitas para comer, su comida de gato preferida, una fuente especial para que tome agua, una cama en forma de hamaca de su mismo color, juguetes, y lo mas grande el amor desinteresado de aquel señor.

Había ocasiones que llegaba herido o caminando con alguna pata coja porque era muy territorial y peleaba con los gatos del barrio, entonces el señor lo curaba y en ocasiones cuando era muy grave lo llevaba al veterinario. Le angustiaba mucho esa situación, le provocaba encerrarlo y no dejarlo salir más, le atormentaba que un día un carro lo atropellara y no volviera nunca.    

En el fondo sabía que no podía hacer eso, aunque tuviera nobles intensiones, porque el amor se basa en regocijarse con la felicidad del otro, y la felicidad del gato era ser libre de ir y venir a su antojo, aceptándolo tal cual es.

El planeta volvió a dar una vuelta al sol y el invierno llego otra vez. Yiyo sigue siendo parte de aquella casa, que ahora es mía también, la familia paso de ser un señor y su gato a sumar una señora y su niño. Ahora somos cuatro en total, y aunque hacemos muchos ruidos, y a Yiyo no le gusta, sigue pasando las noches y parte del día con nosotros, nos deja acariciarlo y hasta, ocasionalmente, nos da una caricia de vuelta.

El amor entre los humanos y los animales es uno de los mas hermosos, sin duda alguna.

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