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Miami y yo, definitivamente, NO fuimos amor a primera vista.

Conocer y radicarme en Miami fue más parecido a cuando a una mujer le presentan a su futuro esposo como parte de un matrimonio arreglado por la familia.

Impuesto, sin derecho a réplica, solo aceptando el destino que alguien más decidió por ella, y esperar cruzando los dedos por lo mejor, que a la larga el tipo sea chévere y termines queriéndolo.

Fue de sopetón cuando llegamos aquí, sin querer quedarnos aquí.

Estaba acostumbrada a vacacionar en Texas, que tiene ciudades completamente distintas a Miami, así que, cuando la recorrí en los primeros días, la veía tan fea, tan poco familiar, poco amigable, como indolente.

Pero más bien, yo lo que estaba era aterrada de fallarle a Max, de que esta ciudad y este país nos devoraran hasta chuparnos los huesitos.

Por supuesto, yo no me iba a quedar sin replicar, sin buscar alternativas, ni simplemente aceptar el destino, no es mi naturaleza, yo no soy una mata.

Así que se me ocurrió una “super idea”, mejor nos íbamos para que los vecinos del norte, a Canadá.

Moví mis nalguitas, hice decenas de llamadas, fui hasta el consulado, pagué por un poco de trámites, contraté un gestor ¡y taraaan! Los muy canadienses nos negaron el acceso a su territorio tropical. 

Lloré como por dos semanas porque llorona si soy, no quería aceptar quedarme aquí, me daba miedo estar aquí.

No me devolví a Texas porque aquí, en Miami, se suponía que contaría con más “apoyo” para Maximiliano de parte de su otro progenitor.

Era como una fuerza más allá de mi entendimiento que nos mantuvo y que todavía hoy nos mantiene viviendo en esta ciudad.

Así que la acepté a regañadientes, me dije: “¡esto es lo que hay!, déjame hacer limonada con los limones que me dieron”.

Entonces me tocó conocerla, sobre todo porque los primeros meses me tocó hacer UBER, así que rodé miles de millas a través de sus calles llevando y trayendo gente.

Ahora, después de nueve años viviendo en ella, la he terminado de conocer bastante bien.

Y como un marido impuesto que termina siendo muy buen esposo, terminé sintiéndome parte de ella.

A Miami le tengo un cariño enorme y también un profundo agradecimiento, las cosas que esta ciudad me ha regalado no tienen valor monetario.

Miami me abrió los brazos de par en par desde el día uno, y yo, de ingrata, no quería verlo.

Me ha dado decenas de manos amigas para ayudarme en cada momento difícil en que lo he necesitado, sin fallar.

Me dio una nueva carrera.

Me dio estatus legal.

Me dio el derecho a aprender inglés y la bondad de ponérmelo en bandeja de plata.

Me ha desafiado con un sinfín de situaciones invitándome a crecer como jamás pensé que era posible para mí.

A mi hijo, Miami, le regaló una infancia increíble llena de amigos de diferentes culturas.

A mí, Miami, me regaló la dicha de conocer a Juan, mi actual amor, y con eso por añadidura, nos regaló una familia política con abuelitos postizos incluidos para mi Max, a falta de los propios que están lejos.

La he aprendido a amar y hacerla parte de mí, aunque el tráfico me obstine, los locos me arrechen, la multitud me sofoquen, el calor me vuelva loca y el olor a marihuana me perturbe, la termine llamando hogar.

Muy posiblemente algún día me mude a otro lugar, y eso me emociona, pero Miami se convirtió en una de mis casas en este planeta.

Donde en un mismo pedacito de tierra puedo abrazar a cubanos, colombianos, brasileños, dominicanos, boricuas, centroamericanos, rusos, sirios, israelitas, peruanos, argentinos, griegos, haitianos, filipinos y hasta gringos se pueden conseguir acá, jajaja.

Aquí se encuentra una multitud enorme y diversa, poco vista en lugares de este mundo; eso le da ese toque cosmopolita, pero al mismo tiempo se siente tan cercana como la buena vecina que te presta una taza de azúcar cuando se te acaba la tuya.

Miami es sofisticada y pretenciosa, pero también es solidaria y abierta con quien llega.

Te amo, Mayami de mi corazón.

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