Cuarenta y seis años habitando este cuerpo, este mes estaré cumpliendo.
Aquí desnudo mis incomodidades actuales. Los cuarenta y largos me están cayendo malísimos, o soy yo que les estoy cayendo malísimo a ellos, eso es lo que estoy tratando de averiguar.
Me estoy convirtiendo en una vieja quejona terrible; me quejo de mi hijo, de mi marido, de mis trabajos, de la economía, del stock market, de la ciudad, del tráfico, del costo de la vida, de mi carro viejo, hasta de la gente que respira oxígeno cerca de mí.
Parezco un techo de zinc en medio de un palo de lluvia, sonando como una lata; latosa es en lo que me estoy convirtiendo.
También estoy latosa conmigo misma; me quejo de mi inacción, de mi falta de aporte para conmigo misma, de la falta de creatividad, de mi falta de paciencia algunas veces, y otras veces de brindar tolerancia cuando no viene al caso.
Quejosa, sin energía, sin ganas; pero al mismo tiempo y súbitamente me vienen un montón de ganas con espacios de sabiduría que me dejan asombrada, es decir, todo es incoherente e inexplicable en estos mis 46.
Además, me suena en la madre la frase: “sal de tu zona de confort” y la contrafrase: “no tienes que salir de tu zona de confort, disfruta tu vida tal cual está” y cuántas ridiculeces aparecen en las redes sociales que nos pueden desquiciar.
Yo que sé en qué zona estoy, si estoy en la zona horaria de Pakistán o en la zona roja de Ámsterdam, lo único que sé es que estoy en una incomodidad mental y al mismo tiempo en una conciencia de agradecimiento por las bendiciones de mi vida.
El confuso sancocho de emociones y pensamientos que por momentos me elevan al cielo, de repente me estrellan contra el suelo.
Unos días estoy profundamente agradecida y plena, y otros estoy con la lata prendida, ando repitiéndome: ¿Tengo que tomar un camino nuevo? ¿Por dónde empiezo? ¿Qué hago? ¿Adónde me lanzo?
Definitivamente así no se puede vivir, o me declaro loca y que me mediquen, o ¡dejo la huevonada que cargo!
Real o inventada, ¡mi padecimiento de vieja latosa tiene que parar! Y es mi completa responsabilidad y de nadie más; estoy consciente de ello y debo dar mérito a la crianza de mi papá porque responsable sí me hizo ser.
Entonces en mí son de bipolaridad premenopáusica, ahora quiero agradecer:
A PapáDios el vivir esta vida en este mundo extraordinario que nos diseñó para nosotros, un oasis en medio de este infinito, oscuro y frío universo, y eso ya es un milagro.
Mi familia, mi hijo, mi pareja y mis pocos amigos que son seres increíbles, a pesar de mi quejadera, me regalan su compañía y, los que están lejos, sus pensamientos y palabras de bondad.

Igualmente estoy consciente de que:
Siempre me he considerado una mujer con suerte, como dice mi mamá, “sortaria”.
Cuando me involucro en cualquier cosa que signifique ganarme algo, lo he ganado.
Mi nombre complicado, con el que me bautizaron mis padres, es bastante difícil de escribir y pronunciar; pero nunca he tenido problemas con documentos porque mi nombre está mal escrito.
Nunca he vivido tragedias ni accidentes graves; tampoco he perdido seres queridos y cercanos que me produzcan un dolor profundo hasta el momento.
Siempre he sido una mujer sana y Max, mi hijo, también ha sido un niño completamente sano.
Tuve un embarazo normal y sin grandes problemas.
Mi migración ha estado llena de manos nobles que se han tendido para brindarme ayuda cuando la he necesitado en cada momento.
He sido y sigo siendo bastante afortunada, siempre he tenido oportunidades y puertas abiertas.
Muchísimas cosas buenas que reconozco en esta vida acumulada, porque los traspiés que he vivido son insignificantes comparados con tantas bendiciones, y al final esos traspiés solo me han ayudado a crecer.
Hoy en día, cuando me estoy acercando más a PapáDios, cuando busco entablar una relación más cercana con él, me doy cuenta de que no ha sido suerte, sino que ha sido su misericordia y bendición para conmigo.
Entonces hago un compromiso con la Mari futura, la que cumplirá 47 años el año que viene, te prometo que me ocuparé más de lo que me quejaré. Un ratio de 3 a 1 está bien para empezar.
Que en vez de deshacer con los pies la poca sabiduría aprendida desde la queja, la use para evaluar qué cosas valen la pena mi estrés y con cuáles me limpio el trasero.
Y que al final del día, nadie es más importante para mí que yo después de Papá Dios.
Porque cuando Papá Dios me llame, mi hijo continuará con su vida y así espero que lo haga; mi pareja, si todavía está a mi lado, seguirá su camino, y en definitiva el mundo seguirá girando.
Feliz cumpleaños, Mariherita, que la creatividad y la sabiduría se acrecienten enormemente en ti, que tengas la valentía de transitar ese nuevo camino que te está llamando y te dé la bienvenida de vuelta, que hagas las paces con todas tus versiones por muy contradictorias que parezcan, y que el Espíritu Santo entre en tu corazón.
Cuento contigo, preciosa.

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