Lo que es para mí no significa que sea para ti. Aunque parezca entendible y lógico, no siempre lo vemos claramente.
Recuerdo que hace un tiempo estaba hablando con una colega a la hora del almuerzo y, no sé cómo, llegamos al tema de los ginecólogos.
Nos contamos nuestras experiencias de cómo fue la búsqueda del doctor indicado para cada quien una vez que empezamos a vivir aquí en Miami.
Yo le comenté que al principio di varios traspiés, que fui a un par de oficinas antes de conseguir el actual que me encanta.
Entre esos, estuve yendo a una clínica que recomendaron unas influencers en Instagram a las que, por supuesto, les fue excelente en el embarazo y el parto.

Resultó que la oficina era preciosa, el personal era un amor, mi seguro cubría sus servicios al cien por ciento, pero el ginecólogo fue un completo patán conmigo.
Al principio no entendía muy bien cómo se suponía que debía ser el trato médico-paciente, quizás porque estaba recién llegada a este país; asumí que era cultural tratarte de forma fría, rápida y sin mirarte a la cara siquiera, literalmente 3 minutos de consulta.
No me daba tiempo de formular preguntas; quedaba en el limbo y su trato me hacía sentir como si yo fuera un estorbo.
Creo que la gente que va a servicios gratis, que es atendida por voluntarios, recibe un trato más humano y digno del que yo recibí pagando.
En ese año fui varias veces a esa oficina; debían hacerme procedimientos adicionales a los ordinarios porque algo me salió alterado.
Si cambiaba de ginecólogo en ese año calendario, debía pagarlo de mi bolsillo porque esta oficina ya se había consumido la cobertura de mi seguro. Como en ese entonces yo tenía un presupuesto limitado, para no decir que estaba comiéndome un cable, me tocó quedarme con el mencionado señor.
Hubo una cita para hacerme un procedimiento donde debían introducirme un microscopio hasta el útero, sin anestesia, sin sedantes, ni ansiolíticos. Una vaina horrible, la verdad, de esas que las mujeres tenemos que pasar, ¡porque ajá! ¿Quién nos manda a ser mujer?

Yo estaba nerviosa y bastante asustada. Cuando eso me pasa, soy el ser más callado y quieto que se puedan imaginar. Yo soy clínico también y sé la importancia de colaborar con quietud y obediencia a las instrucciones de los procedimientos, por muy tensa y acobardada que pueda estar.
Pues, el muy HP, en vez de tranquilizarme o buscar la forma de hacerme sentir cómoda, con lo invasivo que fue ese procedimiento, se puso a hablar pendejadas quejándose de mi con la asistente en frente de mí, ¡pero en ingles! como para que yo no entendiera.
En ese momento yo no hablaba, pero sí entendía el inglés.

Uno de los momentos más indignantes que me han pasado.
Y para colmo, me quedé calladita temblando de miedo.
Me hizo sentir como si todo fuera mi culpa.
Si eso pasara hoy en día, la parranda de escándalo que hubiera prendido en ese lugar iba a ser tal que hasta el que limpia el baño de esa oficina vendría a hacer fila para pedirme disculpas, y medio Miami se enteraría; sería la pesadilla tipo “Karens” para ellos.
Después de esa pesadilla, conseguí por recomendación de una chica a mi actual ginecólogo, con el cual ya tengo varios años.
Un señor de edad mayor, con una clínica “old school”, es decir, a la antigua; las secretarias parecen trabajar en una oficina pública, odiosas todas, pero él y sus asistentes clínicos son un sol.

Él se toma su tiempo para explicarlo todo, para escuchar mis cuentos, para responder mis preguntas y darme tiempo de formularlas también. Es gracioso y siempre está de muy buen humor. Cuando me tocan procedimientos complicados, es paciente, me ayuda a calmarme, me da hasta muñequitos para apretarlos y ayudarme con mi estrés.
El cambio fue de la noche al día.
Pero volviendo a la conversación con mi colega, ella me contó que también pasó por situaciones similares recién llegada.
Al primer doctor al que acudió, después de su chequeo de rutina de ese año, la llamaron a una cita para comunicarle los resultados de laboratorio.
Resultó que la metieron en una habitación por más de una hora sin decirle nada; el doctor nunca se presentó; al final, llegó una asistente para decirle que ella tenía cáncer en estadio 3, y ya está, sin anestesia, nada más; sin el siguiente paso, sin a dónde ir, sin cómo te sientes, nada.
Eso fue un balde de agua fría y la peor noticia de su vida para ese momento. Dice que empezó a temblar, que solo retumbaba en su mente: ¡cáncer en estadio 3!, sinónimo de hasta aquí llegó mi vida, quizás me queden meses o un año.
Terrible todo, y aparte el doctor nunca apareció y el personal frío como que si te comunicaran: “tienes gripe, no pasa nada, chao” la hizo sentir más sola y abatida.

Cuando recuperó la cordura, decidió hacer lo que un ser sensato haría: buscar una segunda opinión y hasta una tercera si era necesario.
Consigue otro doctor, que, por cierto, tuvo que pagar de su bolsillo porque su seguro ya había sido consumido ese año por concepto de atención ginecológica en la “oficina del cáncer”.
El doctor la atendió de mil maravillas, le repitió los exámenes y resultó que no tenía absolutamente nada; estaba completamente sana.
¿Cómo puede alguien cometer semejante error, alguien completamente sano, de repente le den un diagnóstico no solo de cáncer, sino de cáncer en estadio 3? Y de la forma como pasó.
Para que tengan una idea, el último estadio del cáncer es el 4, cuando ocurre metástasis, es decir, ya el cáncer ha invadido varios órganos, casi todo tu cuerpo y los chances de sobrevivir son casi nulos.
A ella le encantó esa oficina y ese doctor sigue siendo su doctor actualmente después de varios años.
Hasta ahora en esta parte del relato he narrado lo difícil e importante que es conseguir el ginecólogo correcto para nosotras las mujeres. Hay veces que se vuelve un periplo lleno de circunstancias bochornosas y estresantes hasta dar con la persona correcta.

Pero lo más interesante fue que, después de contarnos las historias, nos dijimos quiénes eran los doctores y quedé impactada por nuestras propias declaraciones.
Resultó que mi maravilloso doctor actual fue quien le hizo vivir su terrible experiencia. Y más bizarro aún fue cuando ella me confesó quién es su doctor maravilla, ¡el desgraciado que me maltrató al principio! Quedé impactada, ¡Wow!
¿Qué probabilidades hay de que algo así ocurra? Doblemente opuesto. Entonces viví, no solo razoné, que lo que es para mí no tiene que ser para ti en lo absoluto.
Me habían ocurrido situaciones similares antes, donde la guardería a la que iba mi hijo fue una bendición para nosotros, pero no para una amiga y su niño; fue todo lo contrario. Pero nunca en un contraste de historias de doble vía como el relato de los ginecólogos.
La importancia de esto es cómo valoramos y juzgamos las cosas y a la gente a nuestro alrededor.
En nuestro cerebrito de pequeños Napoleones, andamos con un martillo de juez dictaminando quién es quién y qué es qué, como una verdad absoluta, pero absoluta en nuestro pequeño mundo que habita en nuestra cabeza solamente.
Hacemos reviews horribles de lugares y negocios que muchas veces dan todo lo que pueden, pero en ese momento cometieron un traspié, y no nos interesa dejárselo saber en privado para que corrijan el error y mejoren, sino que detrás del teclado vomitamos nuestros demonios con el único fin de hacer daño.
Etiquetamos a personas por solo acciones aisladas y puntuales, sin ver el panorama completo, sin saber el fondo de sus circunstancias reales o las razones de por qué se comportan así.
No me mal interpreten, no soy un ser de “conciencia superior” ni nada por el estilo, hay mucho HP ahí afuera, y hay muchos negocios que el único objetivo es sacarte dinero a la mala sin prestar un servicio decente, o ofreciendo productos engañosos que no funcionan en absoluto.
Pero antes de dejar que tu pequeño ego napoleónico tome el control, recuerda que este planeta es inmenso, que en él vivimos miles de millones de seres humanos, que el universo se extiende mucho más allá de lo que alcanzamos a comprender y que existen incontables realidades que escapan a tu conocimiento.

Mi verdad no tiene que ser tu realidad.
Si apenas eres un grano de arena en una playa infinita, rodeado únicamente de otros granos de arena, ¿con qué fundamento pretendes dictaminar, desde tu limitada perspectiva, qué es cada cosa y quién es cada ser que habita en las profundidades del océano que ni siquiera puedes ver?

No Comments