Me volví a despertar en medio de la madrugada y no me pude volver a dormir, la perimenopausia haciendo de la suya, acabando con mi ser de a poquito, privando de sueño a este cansado cuerpo.
Esta vez, me quedé despierta enganchada con la travesía que he hecho a través de los diferentes trabajos por los que he pasado desde que emigré.
Miro para atrás y me quedo asombrada de la capacidad humana de hacer daño y de hacer el bien, y por otro lado, lo resilientes que nos vamos convirtiendo los que decidimos aprender y crecer.
He vivido tantas situaciones estresantes y absurdas que han drenado mi vitalidad, mi energía, mi creatividad, y mi paz. Pero al mismo tiempo, he estado en lugares de trabajo maravillosos con gente increíblemente buena onda, de alta vibración y generosa.
Este relato lo decidí iniciar porque ayer fue mi último día en una oficina tipo jardín. Voy a llamar a las oficinas maravillosas que parecen un oasis, oficinas jardín, y a las otras simplemente oficinas infiernos, y con eso no tengo mucho más que explicar.
Entonces, ayer me tocó dejar una oficina jardín, mi pena está fresca y palpitante, mi aflicción me mantuvo en vela toda la noche.

Y me puse a pensar sobre mi viaje por los trabajos que he transitado como inmigrante, quedé impresionada de lo mucho que han esculpido el ser quien soy hoy.
Lo más difícil de afrontar cuando dejas un jardín, además de que vas a extrañar a las personas que fueron tus compañeros con los que lidiabas día tras día, es que vas hacia lo desconocido.
Cuando cambias un trabajo por otro es como lanzarse al vacío y esperar que el paracaídas se abra para no estrellarte en el aterrizaje.
Empecemos por donde se debe empezar, por el principio. Soy una odontóloga que migro a la ciudad de Miami, y lo más lógico que tenía a la mano para empezar a trabajar es convertirme en una asistente dental, ya que el título de doctora no funciona sin un largo proceso de revalidación.
Hago la salvedad de que en este artículo no cuento los trabajos temporales y suplentes que hice dentro de mi ámbito profesional, ni tampoco los muchos trabajos que hice fuera del campo odontológico recién llegada a mi nuevo país, como disque “arreglar” computadoras, desarmando teléfonos, delivery de comida, taxista, cocinando en hoteles y restaurantes, y hasta mesonera de un restaurante francés por una semana solamente porque me terminaron echando.
Entonces, me fui a buscar un trabajo de asistente dental, específicamente en ortodoncia, en las oficinas donde ponen braces.
Así empezó mi primer infierno en odontología. Más allá de la mala paga, las extensas horas laborales y el maltrato psicológico de una mánager sin ningún ápice de integridad ni escrúpulos, el infierno fue adicionalmente más caliente por el estrés de no entender absolutamente nada.

Yo no sabía hablar inglés, no podía ni decir “Hello”, el código cultural es completamente distinto y estaba perdida, la odontología se maneja y se concibe completamente diferente a lo que estaba acostumbrada, y no comprendía nada.
Ahí descubrí que en los infiernos la producción lo es todo, y así definen tu valor. La competencia es que te atropellen para conseguir dos dólares más al final del mes, y ahí descubrí por primera vez la discriminación, tanto de pacientes como del staff que “hablaba inglés”, hasta ese momento, nunca en toda mi vida había experimentado algo así, discriminación.
La discriminación cuando la vives por primera vez como una adulta, y la mente bien ubicada, suena medio ridícula, mi cerebro la reconoce como un sarcasmo que me da risa.
Quien lo hace, me inspira una lástima tal como si mirara a un mono histérico encerrado en el zoológico tirándote su propia caca desde su jaula; es cómico, da risa y ves las lastimosas creencias donde está encerrado el “monito” y lo único que tiene para dar es su “caca”.
Pero al principio me afectó bastante, era nueva en ese mundo, no entendía completamente lo que pasaba y necesitaba el trabajo para sobrevivir. Esas palabras y acciones mal intencionadas de esos “monos” al principio me resonaban fuertemente, tanto que me empecé a enfermar con un estrés crónico.
Uff, no me quiero poner melodramática, pero es que este relato se trata de los lugares donde he gastado mi vida, a cambio de un cheque que me dan cada dos semanas para que yo pueda comer y pagar un techo, esclavitud moderna, le dicen.

La necesidad tiene cara de perro callejero hambriento jajaja, sobre todo la necesidad de un inmigrante perdido y recién llegado, que tiene que aprender rápido, sin dejarse caer en la indigencia.
Lo más fuerte esos primeros años, fue el terrorífico pensamiento recurrente de quedarme literalmente en la calle con mi hijo de cuatro años, no tener dónde dormir, qué comer, y que viniera el servicio social y me quitara a mi hijo, y a mí me metieran presa por loca y madre insuficiente.
Ese temor era gigantesco, y siempre estaba detrás de la oreja susurrándome varias veces al día. Estaba sola en este país, sin amigos, sin familia, solo yo y el chiquito.
Para rematar los primeros meses, cada vez que lo dejaba en el kínder todo el día para poder ir a trabajar, lloraba desconsolado, que no quería ir al kínder, que yo no fuera a trabajar, que mejor nos quedáramos en la casa juntos.
Como vivíamos en Downtown Miami, una zona de muchos mendigos, lo llevé un día a caminar debajo de los distribuidores de la autopista, donde los mendigos viven, por cierto, es seguro, son personas tranquilas que no buscan problemas, y diría que son los que mejor se comportan en esta ciudad.
Entonces, allí le enseñé esa situación y le expliqué que si no trabajo no hay dinero, sin dinero no hay apartamentico ni tampoco comida, y que si eso pasaba nos teníamos que venir a vivir con los indigentes debajo del puente y comer lo que aparezca en la basura. El pobre con una lucidez increíble lo entendió y a los pocos días dejó de llorar.
Entre la tristeza, el terror, la confusión y el estrés desbordante, hasta la menstruación se me fue por meses en ese primer infierno, yo que siempre he sido un reloj inglés menstrual. Mis compañeras me bromeaban que eso es que estaba embarazada, y yo les decía que ni que yo fuera la Virgen María, me lo tomaba a chiste, si pasé años sin pareja.

En ese infierno, a pesar de ser un infierno, hice fraternidad con mis otros compañeros que se estaban quemando junto conmigo en ese fuego, por así decirlo. Es decir, los otros temerosos de caer en la indigencia igual que yo, y para coincidencia, muchos recién llegados y perdidos igual que yo.
Definitivamente el ser humano hace lazos fuertes en medio de las calamidades, porque eso fue ese lugar, un infierno calamitoso y vergonzoso.
Hasta el sol de hoy tenemos un chat por WhatsApp donde seguimos escribiéndonos de cuando en cuando, pero definitivamente donde los consiga y me tope con alguno de ellos, los abrazo con un inmenso cariño, y me da una genuina alegría que están bien y que les pasen buenas cosas.

Lo que más recuerdo es que las risas nos acompañaron y nos mantuvieron a flote durante todo ese tiempo sin colapsar. La comedia con que nos tomábamos los pesares nos ayudó a conectar y a sobrellevar las largas horas en ese lugar. La solidaridad entre nosotros fue un salvavidas bendito.
Del infierno número uno me llevé buenos amigos de vida, de esos que no están presentes en la rutina de la vida diaria, pero que aprecio enormemente, y si me topo con alguno, me encantaría tomarme un café y francamente saber cómo les va.
De ese infierno descubrí que son jaulas mentales, meticulosamente construidas para que muchos entremos en la trampa y nos mantenamos ahí adentro temerosos, obedientes y esclavos. El aparato económico debe producir sin trabas.
A ver, yo sé que van a decir: “Mari quedarse en la indigencia es real!, ¡que te saquen a patada de la casa por no pagarla también es real!, las facturas no dejan de llegar! y hay que trabajar para pagar las deudas y llenar el estómago.

Todo eso es verdad, pero el engaño psicológico no tiene que ser real, existen abundantes lugares donde trabajar, y aunque jamás los trabajos serán perfectos y a la medida, siempre hay más y mejores opciones, nunca tiene que ser una tortura y mucho menos dejar a un lado tus principios y requerimientos mínimos.
Nos sumergimos en un miedo no real, en un estado psicológico de autoestima baja donde pensamos que no hay algo mejor para nosotros que donde estamos, que no merecemos algo mejor; el miedo nos paraliza y bloquea nuestro instinto explorador.
Mi caminar ha sido sumamente largo desde ese primer infierno hasta ahora. He pasado por unas cuantas oficinas y he aprendido y crecido muchísimo mental, emocional, económica y profesionalmente.
Entonces valide que cuando vives la experiencia de haber trabajado en diferentes lugares, con diferentes sistemas, diferentes personas y culturas, creces 10 veces más, en vez de pasar 10 años sentado en el mismo lugar haciendo lo mismo. Definitivamente apruebo 100% saltar al vacío y cambiar de trabajo, una y todas las veces que sean necesarias, te hace crecer emocionalmente y te hace más fuerte mentalmente.
Después de ese primer infierno de dos años, salteé a otro infierno más, ahí duré un año. Un año solamente, se puede leer que estaba mejorando en no tolerar infiernos, pero seguía con los miedos de indigencia, esta vez se habían retirado un poco, quedándose calladitos ahí detrás de la cabeza, y me miraban de vez en cuando.

Cuando eliminas ese miedo completamente (el de quedarte en la calle), es cuando te haces intolerante a los infiernos.
Este segundo lugar mejoró en salario y había menos caos organizacional, pero experimenté múltiples episodios de racismo de pacientes rubios que emigraron del noreste de Europa, para no mencionar ningún país. Un jefe del mismo lugar, más falso que un billete de siete, bastante ruin y perezoso que lo convertía en alguien abusivo, irresponsable y violador de las leyes.
Ahí aprendí sobre cómo se suponía debía ser contratada legalmente y cuáles eran mis derechos fiscales, por supuesto, eso lo descubrí después que me atropellaran por mi ignorancia y pagara un dineral en impuestos teniendo un pobre salario de asistente.
La pandemia y ese espantoso trabajo empezaron casi al mismo tiempo, al principio de 2020. A nivel personal, también estaba iniciando mi actual relación y por primera vez en toda mi vida me mudaba a vivir con un hombre más allá de mi hijo. Creo que el COVID-19 fue la parte más fácil de todas las cosas con las que tuve que lidiar ese 2020.
El primer infierno terminó porque Juan, ese hombre con el que me mudé y todavía seguimos juntos, me alentó a buscar algo mejor, me enseñó que siempre hay mejores opciones y que no debo tener miedo de saltar a otros lugares, en vez de quedarme en oficinas injustas y aguantar abusos.
El segundo infierno lo dejé, porque Juan estuvo siempre allí recordándome que tenía que saltar, y también porque ocurrió un incidente. Incidente, para no entrar en detalles, donde me hacían responsable de lo irresponsable de ese personaje ruin, fue la gota que rebasó el vaso, y entonces renuncié.
Sin saber qué iba a hacer, sin ninguna opción a la mano, simplemente me fui y fue un inmenso alivio, como cuando dejas a ese novio tóxico y asfixiante, y después sientes una alegría increíble y un respiro de aire fresco que entra a los pulmones después de días con crisis de asma. No tengo ninguna enfermedad respiratoria, pero así me lo imagino y así lo sentí literalmente.
Continúa parte 2: https://mujerown.com/2026/04/26/infiernosyjardines-parte2-3/

No Comments