Justo el día de mi cumpleaños ocurre semejante cosa, una destrucción masiva y sin piedad que arrasó con mi país y mi gente, Venezuela.
Jamás íbamos a estar preparados para tal desgracia; nadie lo está en un lugar donde no se esperan terremotos; pero la naturaleza nos da dos gigantescos, uno tras otro.
Tanta muerte, tanta agonía, tanta tristeza y desesperación de miles adentro viviendo en carne propia la locura y afuera con la angustia desbordada del no saber, de no poder ir y arrimar el hombro al otro.
Aquí yo desde el exilio, desde la lejanía, desde la suerte amarga de no tener ni un rasguño, y que nadie de mis afectos haya pasado por el derrumbe de perder la vida, siento dolor y tristeza con ganas de ir y ayudar, ¿pero ayudar a qué? ¿Acaso yo puedo ayudar en algo? ¿Acaso yo puedo, tan siquiera, ir allá?
Siento algo atragantado en mi garganta, y mi corazón late como si estuviera restringido, como que mis costillas no pueden expandirse, el corazón está atrapado, sin poder latir a sus anchas.
¿Qué puedo yo hacer, más allá de enviar latas de comida y pañales para bebés en los centros de acopio? ¿Qué puedo hacer más allá de orar a Papá Dios para que, por favor, haya más rescates y que la gente que va a morir no sufra?
¿Acaso eso es suficiente? ¿Con eso sano mi tristeza? ¡Cómo que si sanar mi tristeza y mi angustia es algo que importe! Pero autoflagelarme viendo noticia tras noticia, donde solo yo me consumo en preocupación que no llega a nada, ¿ayuda a alguien a sobrevivir?
Y reflexionar, ¿acaso tengo derecho a reflexionar sobre una situación que no me tocó de primera mano? Es mi país y es mi pueblo y duele bastante lo que ha ocurrido, pero no soy más que una espectadora internacional que solo puede donar y orar.
Damos la vida cotidiana por sentada, pero somos tan pero tan frágiles como seres humanos, como especie, como miembros de este planeta; y tiene que venir esta avalancha que arrasa con todo para recordarnos nuestro lugar.
Nos comportamos soberbiamente entre nosotros, con arrogancia queremos controlar al planeta; y la humildad, lo que nos mantiene sin ego y conscientes de que dependemos de algo más grande que nosotros, no la pasamos entre las nalgas.
Me detengo por un momentito y doy gracias por estar viva, sana y pensante. Y evalúo, ¿estoy lista para irme el día que me tenga que ir? La respuesta es no, y seguramente la mayoría está conmigo en ese no.
¿Y qué me falta para estar lista? Además de la obvia razón de cualquier buen padre de querer terminar de criar a su hijo y convertirlo en un adulto independiente, responsable y respetuoso.
Pero aunque ese trabajo esté hecho, ¿qué más me falta para irme tranquila y satisfecha?
Tengo algo que me hace falta y sigo escudriñando entre las múltiples voces que bombardean mi mente para conseguirla, escuchar y actuar según la voz de mi corazón.
Porque la mayor parte del tiempo la ignoro; sigo sin tomarme el tiempo para detenerme, afinar el oído, escuchar con atención y actuar desde ahí.
Sé que está dentro de cada uno de nosotros, sin importar la cultura, la edad o las circunstancias en las que nos encontremos; somos todos hijos y semejantes a PapáDios, y tenemos ese don latente esperando por nuestra atención.
Ya me he sacudido de encima un montón de mandatos y expectativas sociales que no suman; solo son ruidos externos que restan, y reafirmo esa certeza de que es así, con este sacudón que nos ha tocado vivir.
En medio de una tragedia, todo ese ruido social superficial es tan pero tan ridículo, tan vacío, y nos hace pensar qué es realmente lo que vale la pena apreciar y poner nuestra energía, cuáles son las líneas más sensatas que nos definan cómo vivir y para qué.
Definitivamente no estoy lista para partir si tuviera que irme hoy, pero lo sucedido me hace estar consciente de que ese día puede ocurrir en cualquier momento.
Despertar con ese pensamiento fresco cada día, poner pequeñas notas alrededor de mi casa que me lo recuerden si es necesario, es un buen comienzo para empezar a tomarme más en serio este estadio planetario breve, a hacer más pausas de atención a mi presente, ponerle nombre y descripción a lo que siento, escucharme y realmente escuchar a los que me hablan.
Seamos más humanos, humildes y fraternos entre nosotros, para el día que nos vayamos; no sé si estemos listos, pero seguro que estaremos más conformes, más en paz.
Abrazos apretados para con todos los que están en el medio de la tormenta y para los que están afuera con los nervios de punta y una incertidumbre atorrante.

2 Comments
Ima
June 26, 2026 at 9:14 pmAmiga, con el dolor que nos une está tragedia, te abrazo! Bello mensaje
Mari García
June 28, 2026 at 4:31 pmIma bella, espero que algún día sea la dicha la que nos una. Gracias doña.