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Maternidad / Reflexiones

Carta a mi mamá.

Miami, 17 de julio de 2026.

Mami,

Te confieso que me caías muy mal cuando fui adolescente y de adulta joven, y yo sé que vos lo sabéis.

Sabéis también que era intensamente estructurada, metódica y empeñada en ir por donde creía que debía ir; es decir, bien testaruda.

Que las cosas fluyeran naturalmente y ver qué me deparaba el destino no son filosofías nada cercanas a mi antigua yo; al contrario, me daban como una especie de alergia mental.

Y desde aquella posición rígida que solía ser, ver cómo te tomabas la vida tan a la ligera, sin mucho apuro, siempre riéndote hasta en los momentos más serios, me generaba un desespero tal que me hacía detestarte; el contraste era muy grande entre nosotras.

Recuerdo que cada vez que algo no salía como yo quería, tú salías con uno de tus dichos. En ese momento me volaban la cabeza, pero de furia; me frustraban y me ponían de mal humor. Me decías: “Lo único que no tiene solución es la muerte”, “Dios provera”, “¡Ah vaina! todo va a estar bien, tranquilízate”, “Si no consigues eso, es porque no te convenía” o “Como va viniendo, vamos viendo”.

Me chocaba mucho tu personalidad; te veía como que eras conformista, mediocre, que no llegabas a ningún lugar, y yo, desde el no parar, desde el nadar en contra de la corriente, se me desbordaba la paciencia al no contar con una mamá con ideas “brillantes, inteligentes, lógicas, con determinación”. 

También vivir tu preferencia por mi hermano me dolía mucho, aunque lo negabas y lo sigues negando. Es tan obvio, no lo puedes ocultar por muchos esfuerzos que hagas: la forma como lo veías, cómo le hablabas, cómo lo defendías. Tus ojos se iluminan con su sola presencia, algo que nunca vi para mí.

Tengo que decirte que eso me hirió mucho de niña y me marcó como alguien que no era suficiente; no importaba lo que hiciera ni los esfuerzos que pusiera, jamás me ibas a mirar de la misma forma como ves a Heri. 

Pero ¿sabéis qué? No te entendía y quizás sigo sin entenderte mucho, pero ahora me detengo desde mi madurez y desde mi rol de mamá y empiezo a tener indicios de claridad. 

Siempre nos llevamos mejor con ciertas personas que con otras, un compañero de trabajo que con otros, un hermano que con otros, un vecino que con otros, y por supuesto nos podemos llevar mejor con un hijo que con otros; es la naturaleza humana que lastimosamente no está diseñada para conectarnos con todos al mismo nivel de afinidad.

Yo sé que me amas y que has hecho y estás dispuesta a hacer cosas por mí que nadie más en este planeta haría, y eso ahora me basta. No tengo que ser tu preferida, ya no me afecta, solo me alegra que cuente contigo y nada más.

Ahora, aquellas cualidades que me avergonzaban y me volvían loca de ti son las mismas que gozo de ver hoy en día en ti: esa mujer alegre, optimista, llena de fe, que inteligentemente elige a qué ponerle atención y energía, y a lo que no, habilidosamente la dejas de lado sin que te perturben.

Aunque sois bastante imprudente e incoherente de forma divertida y amigable, sé que tu observación astuta y sensata está ahí, pero la reserváis, aunque la dejáis asomar en algunas ocasiones.    

Me regocija saber que tengo una mamá inteligente, a diferencia de lo que pensaba antes y no lo sabía ver, porque calladamente observas los detalles y actúas cautelosamente, o en muchos casos eliges no actuar, y la inacción a veces es más difícil de determinar.

En estos días estaba caminando por uno de mis parques favoritos, y estaba pensando en ti, en cómo en estos momentos de mi vida es conveniente parecerme un poco más a ti, a entregarme más a la voluntad divina y parar de sufrir, a vivir en la acción, pero aceptando el presente sin luchar.

Pareciera que no tuvieras expectativas, y eso de alguna forma es tan liberador, porque todo se convierte en un regalo, todo es un adicional gratamente inesperado, y lo que no es grato pues simplemente ya pasará.

Eso que me caía mal ahora es algo que envidio de buena forma, esa peculiaridad tuya de ser responsable, pero sin tomarlo tan en serio. Quisiera algún día ser así.

Honro tu actitud frente a las dificultades; honro tus sacrificios y tus virtudes; honro tu forma alegre y festiva de ser, estar, pensar, actuar y comunicarte; honro tu sabiduría concebida por el simple hecho de vivir en el presente. 

Quiero pedirte disculpas por lo difícil que pude haber sido. Ahora que tengo a Max, sé lo mucho que un hijo puede desquiciar a una madre, y sé que fui una hija desquiciante, quizás poco comprendida, pero eso no deja de lado lo perturbadora que pude llegar a ser.

Doy gracias porque eres una persona que siempre mira el punto blanco en la inmensa pared negra, que siempre le buscas la vuelta a lo que suceda con buena actitud, y con una naturalidad brutalmente honesta dices lo que piensas, sin filtro, o quizás con adornos mal puestos.

La distancia nos ha hecho bien, créeme, más de lo que habríamos pensado, pero no niego que encuentros más frecuentes serían un bálsamo para ambas. Mientras tanto, te pido la bendición desde el norte y espero que me envíes el “Dios te bendiga” desde el sur.

Te amo.

Tu hija.

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