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Maternidad / Reflexiones

Un palo por la cabeza.

Hay lecciones que me han costado mucho aprender, aunque las repita una y otra vez, no las suelo ver con claridad; lucho con situaciones que creo que estoy resolviendo o que simplemente doy por sentado que así es como se lidia con ellas, batallando, y no salgo de ese círculo.

Cabeza dura le dicen por ahí.

Quizás no soy tan inteligente como creo ser, pero es que la sutileza con que se presentan algunas piedras en el camino o, por el contrario, las mejores opciones de camino que tomar, me vuelan por encima de la cabeza.

Y no es hasta que la molestia se torna en una pesadilla insufrible, es cuando por desesperación me llega el agua al coco, resuelvo y salgo del meollo; como cuando andas loquito fuera de control y te meten un palo por la cabeza, y ¡zas!, te quedas calmadito, todo empieza a lucir clarito y dices: “aaaah, pero ahora ya entiendo”

Un palo por la cabeza, sea literal o metafórico, te reinicia el sistema operativo que gobierna tu mal vivir, tu equivocado andar.

Un palo por la cabeza puede ser tantas cosas, una enfermedad que se podía prevenir, un accidente que se podía evitar, una ruptura afectiva por no cuidar una relación, un hijo descarriado, una quiebra, una muerte, un desfortúnio en la vida que te dice: “por aquí no es”.

Hay personas que nacen precavidas, atentas a su entorno, con una sabiduría que no llegan a necesitar muchos palazos por la cabeza. Esa rareza debe ser el 1% de los seres humanos, los que sí escarmientan por cabeza ajena.

Pero como yo soy del montón, pues ese don no vino conmigo; vine con el sistema de mejora convencional: es decir, tropiezo, me caigo y corrijo; o me caigo dos o tres veces antes de corregirme.

Y así me pasa la vida, creo que necesito unos doscientos ochenta y ocho años, más o menos, para lograr la destreza del buen vivir, afinar la toma de decisiones y no necesitar tantos palos por la cabeza.

No me estoy quejando; lo he escrito otras veces ya. Soy muy afortunada de que mi vida no haya tenido males graves, pero sí que he tenido varios palos por la cabeza.

Estar ciega al mal de esta tierra y al mío propio, y no definir mis barreras firmes e innegociables a todo ese mal me ha llevado a aceptar tantísimas relaciones desiguales, donde psicológica y emocionalmente estuve expuesta a abusos y mucho dolor.  

Créeme, en el fondo, no merecedora de amor real, profundo y puro; hizo que terminara en muchas relaciones “amorosas” y no amorosas, que, más que beneficiarme, se llevaron pedacitos de mi dignidad y de mis fuerzas, creando ciclos de juzgarme cada vez con menos valor con cada relación innecesaria, que fueron la mayoría.

Esos fueron muchos palos por la cabeza.

También mi ociosidad, que viene y va en forma de microelecciones diarias, deja que me alejen cada vez más y más de mi camino, de mis propósitos, de mis objetivos. Y al final se traducen en ansiedad por no cumplirme lo que me prometí y lo que le prometí a mi PapáDios.

El teléfono, las redes sociales, una película sin propósito, la comida cómoda que nos enferma, el saltarme el día de ejercicios, el no confrontar a mi hijo con conversaciones incómodas, el no hacer lo correcto por ser difícil.

Pero también está el otro lado de la partida.

Lo terrible que es cuando te toca ser la que dé el palo por la cabeza a alguien más; a mí me hace sentir horrendamente mal. Me siento afligida, desolada, arrepentida; jamás quiero ser la razón del dolor de alguien más y, peor aún, de mi propio hijo.

Definitivamente, todo el mundo, sin excepción, necesita ser respetado, independientemente de su edad; eso no está en discusión, pero mi hijo necesito y necesita una crianza firme y disciplinada, y yo no lo supe ver hasta hace poco, cuando ya es un adolescente.

La rebeldía, el irrespeto, la deshonestidad, la desobediencia, la ira, la soberbia y la mentira pululan a diario.

Y sí, la culpa es mía, la culpa ha sido siempre mía, soy una terrible madre permisiva y a veces autoritaria, él es así porque así yo lo permite y ahora pagamos las consecuencias.

¿Cómo remediarlo? No tengo ni la más mínima idea; por eso busco ayuda psicológica y terapia familiar, pero igual me siento perdida. ¿Y Max? ¿Se siente ayudado? No creo.

Quizás no he sido coherente o no he tenido suficiente paciencia, sustancia y esfuerzo para mantener en todo momento sin fallar las líneas claras.

Yo siento que mis padres me rompieron el corazón muchas veces, y yo, que siempre evité hacerle eso a Max, ahora lo defraudo quejándome de su falta de control, perdiendo yo el control también. Wow, qué súper mamá la que se gasta mi hijo.

En este punto, donde es mi deber moral, legal, social y ético darle un “palo por la cabeza a mi hijo” y frenarlo en sus malas acciones para que él no vaya a dar palazos a los demás cuando sea adulto, se siente ilógico, descabellado y doloroso.

Recibir palazos y dar palazos cuando eres un ser empático duele, y mucho.

Así que elevo una plegaria a nuestro PapáDios pidiéndole perdón por todo el mal que he cometido, que me ayude a perdonar todo el mal que me han hecho, y que su Espíritu Santo me dé discernimiento para diferenciar entre el mal y el bien y la sabiduría y firmeza para terminar de criar a mi hijo según su Santa palabra y como uno de tus hijos.

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