Migrar te lleva rotundamente y sin reproches a reinventarte, convirtiéndose en dos hechos inseparables como hermanos siameses. Una vez que emigras, tienes que reinventarte o simplemente devolverte a tu país.
Desde que me convertí en una migrante, tengo una pregunta intermitente que me llega a la mente cada día: ¿ahora, quién soy? Pero no logro construir una respuesta; solía tener la definición de quién soy unida a lo que hacía y a lo que tenía, y después de migrar, todo eso se cayó como un castillo de arena borrado por un fuerte oleaje.
Los afectos, las rutinas, los lugares, los sabores, los títulos, todo se esfuma y empezar a armar la nueva vida desde la novedad y el aprender te lleva inevitablemente a reinventarte.
La parte más compleja de la reinvención es lidiar con tus propias voces, como por ejemplo el empeño de saber ¿quién rayos soy ahora? y me empeño en la pregunta, porque desde ahí, la lógica me dice que podemos empezar a construir esa “nueva versión” de nosotros más coherentemente con tu yo viviendo otras situaciones en otros lugares.
Autodefinirme me parece complicado, ese ver hacia adentro, desmontar todos nuestros vestidos y llegar a esa esencia y aceptarla; no tengo ni la más mínima idea de cómo se logra eso.


Pero empecé a practicar dos cosas que me han ayudado bastante hasta el sol de hoy y que me han dado indicios de una mirada hacia adentro de mí, aunque parezca inverosímil y desconectado: vivir la incomodidad sin reproches y practicar la atención sin juzgar; esto me ha acercado más a mí y a entenderme mejor sin ruido mental.
Suena complicado, sí, todavía lideo con aceptar la incomodidad cayadita, prestar atención y no juzgar, pero en lo poco que he hecho este ejercicio he descubierto nuevas cosas sobre mí que jamás pensé. Les llamo superpoderes de la migración. No los tenía antes o estaban bien ocultos y no lo sabía, pero, a PapáDios gracias, han aflorado y me han dejado reinventarme y adaptarme a mi nueva vida.
Migrar nos trae “súperpoderes” que nos ayudan en nuestra reinvención.
Mari garcia
Mi primer superpoder es la tolerancia. Vivo en una ciudad llena de muchísimas culturas que pululan al mismo tiempo y eso se traduce en que hay una infinidad de actitudes que al principio me parecían bastante bizarras y hasta pedantes.
Pero cuando empece a escuchar, solamente escuchar y nada más, no cuestiono, no pienso una respuesta, no genero opiniónes en mi cabeza, solo estoy ahí con mi atención y ya está; entonces entendí que no se trata de mí, ni siquiera del contexto, sino de las formas de pensamiento y expresión del otro, que nada tienen que ver con lo que yo entiendo ni con quien soy, sino que simplemente son y ya.
Y desde ahí, empieza el respeto a las diferencias y la aceptación del presente, de las situaciones y de las personas distintas a mí sin querer cambiarlas. Si nada cruza mis líneas de integridad personal, lo tolero.

Mi segundo superpoder es el desprendimiento, el arte de dejar ir todo. Y eso empieza desde el principio, con lo material, como si te arrancaras una curita de un zarpazo. Empacar en dos maletas lo indispensable nada más, a pesar de que el apego puede generar un poco de ansiedad, es un acto liberador decidir que se va y no donde suelto lo que no puedo controlar.
Después viene lidiar con el desprendimiento de los lugares que frecuentabas, de extrañar tu casa, las calles, la panadería, también de tus afectos, tus amigos, la casa de tu abuela un domingo, tu tía que te hacía pan con mantequilla, el pana que iba al cine contigo, el café que te tomabas con tu vecina. Esta nostalgia pasa, duele, pero pasa, y construyes nuevas rutinas, conoces nuevas personas y tus afectos los atesoras con amor, con alegría, y los extrañas, pero ya sin ansiedad.
Por último, el despojarte del “quién fuiste” cuando cambias el papel que siempre has desempeñado en tu vida como la doctora, la directora, la comadre, la vecina, la hija, etc., el día que te encuentras viviendo en otro país, te quedas sin el cargo, sin la relación, sin el oficio, sin los títulos. Y viene la pregunta: ¿quién rayos soy ahora? La respuesta es simple: el ser que eliges ser cada día.
La única constante que no cambia en este planeta es que todo está en constante cambio y transformación. Cuando tome esa afirmación como una ley, termine aceptando con alegría mi nueva vida; el desprendimiento llega como una bocanada de aire que alivia el corazón y la mente.
Atesorar el superpoder del desprendimiento como una importante cualidad y una maravillosa herramienta a la hora de renovar relaciones, alejarte de personas y de trabajos insanos es fundamental para reinventarse. Yo la he usado para cambiar de trabajo todas las veces que sea necesario.


Ahora es tiempo de la creatividad. Está claro que cuando llegan circunstancias difíciles, todos apelamos a la mamá de las invenciones, la creatividad, sobre todo, ante los apuros económicos. A mí me ha tocado ser creativa en la cocina cambiando mis ingredientes habituales por los sabores locales, ser creativa para resolver problemas en el trabajo con personas que hablan otro idioma y esperan soluciones diferentes a las mías, llevando nuevos roles, creativa para ir a entrevistas de trabajo junto con mi hijo de cinco años de edad y que ello no fuera un problema.
Hay muchos superpoderes que la migración nos trae como regalos que debemos saber apreciar, pero ser tolerante, desprendido y creativo, siento que son los ingredientes fundamentales que el cóctel de la reinvención necesita para que sea exitosa la aceptación de la nueva vida.
No importa cuántos recursos o planificación necesitemos para llegar a esa nueva tierra, o si, por el contrario, fue una salida forzada; todos vivimos la migración como un duelo, pero si no practicamos el desprendimiento, la tolerancia y la creatividad, seguiremos sufriendo ese duelo perpetuamente que no nos dejará reinventarnos.
Mi historia personal está repleta de anécdotas de todo tipo, de las que te matan de la risa, las que embarga la nostalgia y la tristeza y te dan ganas de llorar toda la noche, otras que terminan con una bocanada grande de oxígeno, a Dios gracias, muchas llenas de solidaridad y hermandad.
Al final del día, todas, absolutamente todas mis historias, me empujan a ser resiliente y a reinventarme, transformando esa pregunta rígida de autodefinición, ¿Ahora, quién soy? en una pregunta diaria con una respuesta dinámica desde mi tolerancia, desprendimiento y creatividad: quién decido ser hoy.
